Diversas variables de la economía nacional se desploman como resultado de las políticas de ajuste, pero hay una particularmente llamativa por su magnitud y por producirse bajo un gobierno que hace gala de su liberalismo. Se trata de las importaciones que, con una aceleración pronunciada en marzo, llegaron a caer un 37% a nivel interanual (2.510 millones de dólares menos que en marzo de 2023), según el último informe del INDEC. Es una variación que superó a los picos de los meses más afectados por la sequía y la pandemia y habilitó un superávit comercial de 797 millones de dólares.

El comportamiento de las importaciones en general suele ser procíclico y su volatilidad es mayor que la del nivel general de actividad, aunque en este caso la magnitud de la caída es especialmente importante y hay una trastienda que revela la inconsistencia del modelo.

Razones de la caída de las importaciones

La disminución de la actividad industrial determinó una parte de la merma de las importaciones debido al alto consumo del sector de bienes intermedios, máquinas, repuestos y partes fabricados en el exterior. El último dato disponible fue el de febrero pasado y el INDEC había registrado un descenso del producto fabril del 9,9%, mientras que la UIA para el mismo mes calculó un rojo del 7% (en ese mes las importaciones cedieron un 18%). O sea, el mercado está siendo más abastecido por producción nacional que por importación que el año pasado, a pesar de la crisis industrial.

Ahora bien, la contracción del consumo, derivada de las políticas públicas de distribución regresiva del ingreso, es la base central de la caída general de la actividad y de las compras externas. Para el mismo mes de marzo, la Cámara Argentina de Comercio y Servicios estimó una reducción de 3,8% del consumo y la Cámara Argentina de la Mediana Empresa calculó que las ventas de pymes descendieron un -12,6%. Los datos de consumo agregados del PIB que elabora el INDEC aún no están disponibles.

De todas maneras, hay una serie de factores que complejizan el escenario y hacen muy sorprendente el bajo nivel de importación:

1. El atraso cambiario: si bien los desproporcionados aumentos del tipo de cambio oficial (+118%) y de la alícuota del impuesto PAIS sobre las importaciones (pasó del 7,5% al 17,5%) de diciembre pasado desalentaron en un principio el negocio importador, la posterior alza de la inflación (entre diciembre y marzo, acumuló un 90,2%) y un tipo de cambio oficial relativamente estable y dólares financieros en baja debería haber impulsado la importación.

2. El bajo grado de apertura económica: hay también un factor estructural que debería, en teoría, haber contribuido a moderar la caída de las importaciones. Argentina se ha caracterizado por ser una economía con un reducido grado de apertura comercial en relación al resto del mundo. Las importaciones en la última década han tendido a equivaler al 11% del PIB, mientras que en el mundo esa relación es del 27% y en las otras dos economías más grandes de Latinoamérica la relación es también significativamente más alta: Brasil (14%) y México (41%). En consecuencia, el nivel de apertura ya era muy bajo en los últimos años como para soportar una contracción tan importante en 2024.

3. La eliminación de controles a las importaciones y las facilidades a los importadores: el fin del régimen de Licencias No Automáticas de Importación y las mejores condiciones de las importaciones de bienes de la canasta básica (alimentos, bebidas, limpieza e higiene) a través de una reducción del plazo de pago de importaciones y la suspensión del cobro de la percepción de IVA adicional y del impuesto a las ganancias tampoco parece haber hecho mella.

4. Las subas de precios de bienes importados inferiores a las de los nacionales: la comparación de la evolución de los índices de precios mayoristas de productos nacionales e importados hace todavía más impactante la brusca caída de las importaciones, ya que los precios de los bienes nacionales subieron considerablemente más que los importados entre diciembre y marzo. Los primeros se incrementaron un 113,1%, mientras que los importados ascendieron solo un 91,5%.

Ese mayor aumento de lo nacional por encima de lo importado se debe en parte a la desregulación de los mercados. La liberación de precios de los productores nacionales en un contexto donde predominó la expectativa de un aumento aún mayor del tipo de cambio, motorizado posiblemente por las expresiones incendiarias del presidente Javier Milei que aseguraba que le habían “plantado” una hiperinflación, alentó comportamientos comerciales abusivos. La menor suba de los precios de lo importado también tiene como causa el enorme deterioro del poder adquisitivo de la población que generó un inesperado aumento de stocks.

Además, las empresas importadoras han tendido a preferir importar bienes más económicos para ofrecer en el mercado local y así el nivel general de precios de los productos importados se redujo un 6,9%, medido en dólares. Un mayor descenso todavía se verificó en el precio de los bienes intermedios demandados por la industria en el exterior que, con una baja de precios registrada del 18% (también en dólares), también da la pauta que en general habrían decidido ahorrar costos de producción fabricando bienes de menor calidad y/o prestaciones, sin que esa política modere sus decisiones alcistas de precios.

Sin dudas, la gran brecha de aumentos de precios entre lo importado y lo nacional debería haber inclinado la preferencia hacia el abastecimiento externo en detrimento de lo nacional. Sin embargo, las señales de precios tan adoradas por Milei evidentemente no pudieron vencer el impacto de las trabas a las importaciones que ha decidido mantener. Efectivamente, el motivo fundamental de la caída de las importaciones obedece al sistema de pago de las importaciones diseñado por el Banco Central. Los exportadores que destinan su mercadería a Argentina demandan el pago por anticipado y nuestro país recién termina de cancelar sus compromisos a los 120 días de recibida la mercadería que se paga en cuatro cuotas, una cada 30 días.

Aunque desde el 15 de abril el gobierno cedió a que las pymes puedan cancelar sus compras en el exterior en 30 días, eso tampoco parece ser suficiente para reanimar el negocio de la importación. Los embarques procedentes de China, por ejemplo, demoran 45 días en llegar al país. En consecuencia, el importador tiene que conseguir que el exportador o algún banco en el exterior lo financie por 75 días (45 días de tiempo de transporte más los 30 días que el gobierno demora en habilitar el pago desde que la mercadería arriba al país). Con una deuda comercial que, en muchos casos es bastante abultada, pocos están en condiciones de importar todo lo que desean.

En cambio, las empresas transnacionales que producen donde optimizan globalmente sus negocios pueden acceder a ese financiamiento. Es el caso, por ejemplo, del sector automotriz que, como vimos, en marzo fue la excepción y ha podido incrementar sus importaciones.

Tal como funciona el sistema actual de importación se promueve un renovado proceso de concentración y extranjerización de la economía. Las empresas grandes y extranjerizadas pueden acceder a condiciones mucho más favorables que las pymes para el financiamiento de compras de insumos o complementos de su oferta en el exterior.

En este esquema actual de precios relativos e incentivos macroeconómicos, levantar esas restricciones y el “cepo” implicaría una real explosión de la importación y, en consecuencia, una gran presión alcista sobre la cotización del dólar y, paso seguido, un nuevo desmadre inflacionario. Al menos, parece que Luis Caputo y Nicolás Posee lo saben y, por eso, están desesperados por conseguir un financiamiento externo que habilite a las empresas a importar sin desencadenar una abrupta suba en el tipo de cambio.

A la vez, el esquema macroeconómico, con el impuesto PAIS al 17,5%, se ha vuelto muy dependiente de esos ingresos fiscales (ya representan el 8% del total de la recaudación tributaria nacional) que se da de bruces con las disposiciones de la Organización Mundial del Comercio y encarece los costos de la estructura productiva nacional. El sector productivo, además, sufre un creciente atraso cambiario que erosiona progresivamente su competitividad con un mercado interno que día a día pierde escala por su contracción y que debe afrontar aumentos exponenciales de los costos de tarifas de servicios públicos y combustibles.

En definitiva, las últimas decisiones de política económica han generado un engendro muy peligroso y difícil de resolver. Ojalá que realmente Milei sea el Lionel Scaloni de los presidentes, como él mismo imaginó. Lamentablemente, las políticas que aplica generan una fuerza incontrolable que cuando estalle no producirá precisamente una algarabía popular.

Fuente: AMBITO.COM

Link: https://www.ambito.com/opiniones/por-que-no-hay-un-boom-importaciones-n5989245

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